Arquitectura, pintura y memoria en una obra guiada por la escala humana
Aquí no hay gestos grandilocuentes. La arquitectura se manifiesta desde la autenticidad de los materiales, la precisión de las proporciones y una serenidad que contrasta con la velocidad del mundo contemporáneo.
En entrevista para Voces de la Industria, Rafael Monjaraz comparte una visión en la que el oficio trasciende lo técnico y se vincula profundamente con la experiencia, la emoción y la memoria.
Rodeado de bocetos, libros y pinturas, Monjaraz conduce la conversación por Roma, la luz, la libertad creativa, la pintura y el futuro de la arquitectura. Sus reflexiones revelan que, más allá de diseñar edificios, su trabajo nace de una manera particular de observar el entorno, habitar los espacios y comprender la vida.
V.I.: Cuando piensas en tus primeros años de formación, ¿qué intuición o impulso creativo descubierto en Roma sigue guiando tu trabajo hasta hoy?
R.M.: Roma cambió completamente mi manera de entender la arquitectura universal y el arte. Ahí comprendí que no era únicamente una disciplina técnica, sino una síntesis entre ciencia, arte y tecnología. Descubrí que el espacio tiene una dimensión cultural y humana mucho más profunda de lo que imaginaba.
También fue ahí donde la pintura comenzó a ocupar un lugar esencial en mi vida artística y en mi percepción estética. Esa convivencia entre arquitectura y arte terminó definiendo mi forma de trabajar hasta hoy.
V.I.: ¿En qué momento entendiste que el espacio no solo se diseña, sino que también se escucha?
R.M.: Fue un aprendizaje gradual. Al recorrer edificios y ciudades entendí que cada lugar posee una memoria, una atmósfera y una condición propia.
El arquitecto no llega para imponer una idea, sino para interpretar el entorno y la proporción humana.
Siempre he pensado que los proyectos arquitectónicos son composiciones, casi como poemas y partituras que cuentan historias. Para poder escribir esas historias, primero hay que aprender a escuchar.
V.I.: Enseñas tanto en México como en el extranjero. ¿Qué te revelan tus alumnos sobre las nuevas maneras de pensar la arquitectura?
R.M.: En realidad, la docencia es más una vocación de transmitir a mis colaboradores la inspiración y las premisas que la arquitectura nos va develando. Cada generación llega con preguntas distintas y eso siempre enriquece.
Los estudiantes poseen una enorme apertura hacia nuevas herramientas, tecnologías y formas de representación. Sin embargo, también me recuerdan la importancia de regresar constantemente a los fundamentos humanos y creativos: entender el espacio, la proporción a escala, la luz y la experiencia humana. La tecnología cambia, pero esos principios permanecen. Así lo expresa el hombre de Vitruvio, al pertenecer a una escala y a una proporción áurea.
V.I.: Has defendido durante muchos años la idea de evitar un estilo arquitectónico fijo. ¿Cómo se conserva esa libertad cuando el mercado suele pedir una identidad visual reconocible?
R.M.: Esta libertad comenzó al reconocer que no creíamos en un estilo. Nunca quise que el estilo se convirtiera en una limitación.
Desde muy temprano, junto con Juan Pablo Serrano, decidimos que cada proyecto debía responder a sus propios fundamentos y premisas, y no a una fórmula repetida. Al principio esa postura generó incertidumbre, porque el mercado suele identificar fácilmente aquello que siempre luce igual. Con el tiempo entendimos que nuestra verdadera identidad consistía precisamente en mantener la libertad de reinventarnos.
V.I.: Tus proyectos transmiten una gran honestidad material. ¿Cómo decides hasta dónde llegar con esa sobriedad sin perder emoción?
R.M.: La respuesta tectónica de los materiales es la que expresa la congruencia con que están hechos los espacios.
Los materiales deben expresar lo que realmente son. No necesitan disfrazarse. La emoción no proviene del exceso, sino de la manera en que la textura, la luz, las proporciones y los espacios dialogan con esos materiales.
Cuando existe coherencia entre todos esos elementos, el resultado es profundamente emotivo, sin necesidad de recurrir al artificio.
V.I.: Has dicho que la luz marca la vida de un edificio. ¿Hubo alguna experiencia que te hiciera comprenderla de esa manera?
R.M.: La luz no pertenece a la temporalidad del edificio, sino que es parte de su esencia y de su espíritu.
La pintura me ayudó muchísimo a observar la luz con mayor sensibilidad. También influyeron arquitectos y artistas como Luis Barragán, Mathias Goeritz y Rufino Tamayo, fotógrafos como Armando Salas Portugal y Manuel Álvarez Bravo, además de espacios que conocí durante mi formación. Poco a poco entendí que la luz no es solamente iluminación; es una energía creadora que transforma completamente la percepción del espacio.
V.I.: Cuando comienzas un proyecto nuevo, ¿cuál es el primer gesto creativo?
R.M.: Antes de dibujar, intento comprender el lugar.
Observar, caminar, escuchar y entender las condiciones del sitio, del sueño humano y de su capacidad de asombro. Solo entonces aparecen las primeras ideas. Nunca parto de una forma preconcebida; parto de una conversación compositiva del espacio.
V.I.: A lo largo de tu trayectoria has asumido decisiones arriesgadas. ¿Cuál recuerdas como la apuesta más importante?
R.M.: Probablemente Casa Lau.
La diseñé siendo muy joven y representó una investigación personal muy profunda. En aquel momento, trabajar con estructura metálica, sistemas ingleses de medición y una arquitectura contemporánea tan distinta de lo que predominaba en México implicaba asumir muchos riesgos.
Con el tiempo entendí que esa casa terminó definiendo gran parte de mi pensamiento arquitectónico, y reafirmó que cada obra tiene problemas intrínsecos y desafíos compositivos propios que, al resolverse con el contexto, la vuelven atemporal y la hacen trascender.
V.I.: ¿Cómo equilibras la intuición con la técnica para convertir una idea poética en una obra construida?
R.M.: La técnica hace posible la poesía.
Una idea solo puede materializarse cuando existe un conocimiento profundo de los sistemas constructivos, de los materiales y del proceso de obra.
Aprendí desde muy joven que el oficio es tan importante como la inspiración. Ambas dimensiones siempre deben avanzar juntas. La arquitectura no es arquitectura hasta que está construida, y es el único arte en el cual puedes entrar y habitar en toda la dimensión humana, en cuerpo y espíritu.
V.I.: Has participado en proyectos capaces de transformar dinámicas urbanas. ¿Cómo consigues que dialoguen con la comunidad y no únicamente con quien los financia?
R.M.: La arquitectura siempre debe entenderse como un servicio.
Diseñamos para las personas que habitarán esos espacios, no para alimentar el ego del arquitecto. Cuando un proyecto logra mejorar la calidad de vida, favorecer la convivencia y permanecer vigente con el paso del tiempo, entonces realmente cumple su función social y humana.
V.I.: Trabajar con equipos multidisciplinarios es parte de tu práctica cotidiana. ¿Qué aprendiste ahí que nunca enseñan en la universidad?
R.M.: La escuela proporciona herramientas fundamentales, pero la práctica enseña algo distinto: escuchar a otros especialistas.
El arquitecto termina funcionando como el director de una orquesta. Debe coordinar a ingenieros, desarrolladores, constructores y a muchos otros artesanos y oficios para que todos trabajen hacia una misma visión.
V.I.: Vivimos en una época marcada por la velocidad, la inmediatez y la tecnología. ¿Cómo imaginas el futuro de la arquitectura?
R.M.: Me preocupa que la velocidad nos haga perder la capacidad de contemplar y de asombrarnos.
Hoy producimos imágenes con enorme facilidad, pero a veces olvidamos reflexionar sobre el sentido de lo que construimos. El futuro, desde mi perspectiva, debería recuperar la dimensión humana de la arquitectura. Necesitamos volver a la calma, al silencio, a la observación y a la conexión entre la creatividad, el espíritu y la belleza del espacio construido.
La conversación termina como empezó: con la luz desplazándose despacio sobre los muros de Casa Lau. Han pasado más de treinta años y la casa sigue haciendo lo mismo que el primer día, acompañar sin imponerse.
Quizá ahí esté la respuesta a todo lo demás. Rafael Monjaraz habla de la arquitectura como quien habla de una responsabilidad, no de un espectáculo. Sin estilo fijo, sin artificio, sin prisa. Una obra que no busca ser reconocida de inmediato, sino habitada durante décadas.
En una época que premia lo que se ve rápido, su trabajo insiste en lo contrario: detenerse, observar, escuchar. Porque los espacios que de verdad importan rara vez son los que más llaman la atención. Son los que, con los años, terminan habitando a quien los habita.